Artículos según "Neurociencia"
Mostrando entradas con la etiqueta Neurociencia. Mostrar todas las entradas
Blog sobre redes sociales y diseño web Ciencia Religión Tecnología Programación desde cero Noticias impactantes
Es posible que te haya ocurrido en alguna ocasión (o a un amigo de un amigo). Leyendo en Internet un tema cualquiera te das cuenta de que alguien está completamente equivocado en su razonamiento. Lo tienes tan claro que no puedes evitar entrar en la discusión.
Tu exposición es tan precisa que apenas hay margen a la duda: enlaces a datos, a investigaciones, cifras recientes, vídeos, citas de prestigiosos eruditos sobre el tema… y resulta que tus argumentos no sólo no convencen al tipo que ha cometido el error de bulto, sino que lo han reforzado en su posición. Bienvenido al efecto contraproducente.
Probablemente hace cientos de años el filósofo griego Epicteto diera en el clavo con muchas de estas situaciones. El hombre venía a decir que es imposible enseñar a una persona algo que cree saber ya. Claro que hablamos de hace mucho tiempo, nada que ver con las posibilidades que tenemos hoy y en cuestión de minutos para abordar cualquier tema con la verdad y nada más que la verdad que nos ofrece la red.
Entonces, ¿cómo puede ser que se produzca tal efecto? ¿cómo puede estar la gente tan ciega?
Pongamos ejemplos más cercanos que nos pueden tocar a todos. El otro día me comentaba un amigo que no entendía la política en Paraguay. Mi amigo es británico y me decía que de lo poco que sabía en los últimos años en la materia sobre el país, creía tener bastante claro que el gobierno actual tenía abiertos varios casos de corrupción. Su siguiente pregunta fue tan clara como difícil de responder para mi: ¿Cómo puede ser que cuantos más casos de corrupción van apareciendo, la tendencia en Paraguay es volver a votar al mismo gobierno?


Sin entrar en debates sobre política en Paraguay, porque es un ejemplo personal y no se trata de eso, la misma cuestión la podríamos trasladar a hechos que una gran mayoría creen absolutamente como ciertos o verdaderos. Si me guiara por los razonamientos de mi entorno, de las personas más cercanas que conozco, el mundo se ha vuelto loco. ¿Qué le pasa a los británicos tras el Brexit? ¿Se han vuelto racistas? ¿cómo puede ser que Donald Trump haya llegado siquiera a candidato a la presidencia de los Estados Unidos? ¿cómo le puede gustar a alguien Justin Bieber? o quizá uno de los grandes misterios. ¿cómo demonios puede haber alguien que prefiere la tortilla sin cebolla?

Todas estas cuestiones tan importantes en mi mundo cercano tienen unas creencias muy arraigadas bajo el pensamiento de que están en posesión de la verdad. Ocurre que desde ese prisma, la otra mitad o parte de la población está realmente ciega y equivocada. Algunas de estas cuestiones ha dado lugar en los últimos meses a grandes discusiones y debates encendidos en Internet y en los medios de comunicación, todos acompañados de cientos de datos y cifras que deberían demostrar lo erróneo de unos o de otros.
Y sin embargo, el resultado es el mismo. Quizá no somos tan listos y tenemos una idea falsa y preconcebida de que cuando unas creencias son desafiadas con hechos, alteran las opiniones e incorporan la nueva información en su forma de pensar. Y quizá y solo quizá, la verdad sea más cruda. De ser así, cuando las convicciones más profundas de cada individuo son desafiadas por una evidencia contradictoria, sus creencias se acaban haciendo más fuertes.
Esto es el efecto contraproducente y hace varios años lo pusieron a prueba varios investigadores.

Dime la verdad para que no te crea

En el año 2006 los investigadores Brendan Nyhan y Jason Reifler, de la Universidad de Michigan y la Universidad de Georgia respectivamente, crearonuna serie de artículos de prensa falsos sobre cuestiones políticas polarizantes. Dichos artículos fueron escritos de manera que confirmarían un error muy extendido acerca de ciertas ideas de la política estadounidense. De esta forma, tan pronto como una persona leía uno de estos artículos falsos, a continuación los investigadores publicaban un artículo verdadero que corregía al primero.
Un ejemplo: uno de los escritos venía a sugerir que Estados Unidos había encontrado armas de destrucción masiva en Irak. Poco después lanzan el segundo artículo donde venían a corregir el primero diciendo que jamás las habían encontrado, lo que parece ser la verdad.


¿Qué ocurrió? Que aquellos que se oponían a la guerra o tenían fuertes tendencias liberales tendían a estar en desacuerdo con el artículo original y aceptar el segundo. Por el contrario, aquellos que apoyaron la guerra de Irak se inclinaban por la “verdad” del primer artículo y no creían el segundo. Los conservadores, después de leer que no habían armas de destrucción masiva, indicaron que tras los artículos estaban más seguros que antes de que, efectivamente, existían armas de destrucción masiva y por tanto sus creencias originales eran correctas.
El experimento se repitió con otros temas como la investigación de células madre o la reforma fiscal en el país... y los resultados fueron iguales. Tras las correcciones, aquellos que creían en el artículo original tendían a aumentar sus ideas erróneas si dichas correcciones entraban en contradicción con sus ideologías. Ambos grupos leían los mismos artículos y las mismas correcciones, y cuando la evidencia era interpretada como una amenaza a sus creencias, esta se venía abajo. Los investigadores lo explican así:
Una vez que algo se añade a la colección de creencias, uno lo protege de cualquier daño. Lo hace por instinto e inconscientemente cuando es confrontado con una actitud de información incoherente. Así como el sesgo de confirmación te escuda cuando buscas información activamente, el efecto contraproducente te defiende cuando la información te busca, cuando llega a tus puntos ciegos. Yendo o viniendo, uno se atiene a sus creencias en lugar de cuestionarlas. Cuando alguien trata de corregirte, trata de diluir tus conceptos equivocados, tiene el efecto opuesto y en cambio los refuerza. Con el tiempo, el efecto contraproducente ayuda a que uno sea menos escéptico de esas cosas que le permiten seguir viendo sus creencias y actitudes como veraces y apropiadas.
De igual forma, las personas creemos lo que refuerza nuestras creencias. Los psicólogos hablan de ellas como historias que dicen lo que la persona quiere oír. Hay personas que creen que Obama no nació en Estados Unidos, que Elvis sigue vivo o que Hitler no era humano, y lo hacen porque esas historias protegen sus ideologías, por tanto las aceptan y siguen de largo. Intenta hacerles cambiar de opinión y verás que su mundo se hace más grande y el tuyo entra en crisis.
Y en Internet ocurre lo mismo. Las pequeñas batallas que podemos librar diariamente tienen un patrón similar. Cada bando ataca con sus pruebas para respaldar sus posiciones hasta que muy posiblemente, uno de ellos salga de la refriega cansado o por simple dignidad.


Si algo ha quedado claro estos años a partir de los estudios sobre el efecto contraproducente es que nunca (o muy pocas veces) se puede ganar ciertas discusiones online que atacan a las creencias más arraigadas. Cuando uno empieza a sacar datos, cifras, enlaces o citas, en realidad está haciendo que su oponente esté más seguro de su posición que antes de comenzar el debate. El efecto empuja profundamente a los dos en sus creencias originales.
Desgraciadamente, no hay solución para rebatir el efecto. Los psicólogos continúan estudiando el asunto, aunque también apuntan algunas maneras para luchar contra el efecto, y por tanto, para llevar a la otra persona hasta tu punto de vista.
Se trata de sentido común. En un debate, cuanto más acalorado, menos posibilidades hay de que el otro permita entrar a nuevas creencias. Saber esperar y conseguir mostrar a tu oponente cómo parte de tu argumento le puede beneficiar personalmente, podría abrir una grieta en sus ideologías.
Por supuesto, lo más importante y algo que jamás deberíamos olvidar es que nosotros mismos somos tan vulnerables al efecto como nuestro oponente. Así que cuidado… y asegúrense de que no acaban siendo finalmente las víctimas de una evidencia que parezca contradecir tus ideas preconcebidas.
Y es que no hay nada peor y más frustrante que darse cuenta que uno estaba equivocado.
Blog sobre redes sociales y diseño web Ciencia Religión Tecnología Programación desde cero Noticias impactantes


Aunque para muchos sea el pan de cada día los fines de semana, la mezcla de alcohol y cannabináceos (marihuana o hachis) es un tema bastante poco explorado por la ciencia. Lo poco que sabemos es que, ambas drogas se complementan para llegar en tromba al cerebro. Así funciona. 
Alcohol y marihuana son dos drogas completamente diferentes en cuanto a sus efectos sobre el organismo. El alcohol funciona como un depresor del sistema nervioso. Nubla el juicio, ralentiza el cuerpo a nivel físico y entorpece las habilidades motoras. El THC, por su parte, activa ciertos neurorreceptores del cerebro que provocan efectos a nivel cognitivo. Entre esos efectos están el déficit de atención, distorsión del sentido del tiempo o la paranoia.
Ambos efectos no solo se combinan, es que se amplifican mutuamente. Uno de los pocos investigadores que ha estudiado la combinación de alcohol y marihuana es el Doctor Scott Lukas, de la Escuela Médica de Harvard. En unestudio de 2011, Lukas descubrió que la ingesta de alcohol multiplica la velocidad con la que el THC llega al cerebro. Consumir una dosis equivalente a dos chupitos después de haber consumido cannabis multiplica por dos la concentración de THC en la sangre.

El orden de los factores sí altera el producto
La sabiduría popular recomienda consumir marihuana antes de empezar a baber. No al revés, y hay una buena razón para ello. Consumir alcohol antes de fumar marihuana incrementa las posibilidades de sufrir una de las desagradables crisis producidas por intoxicación de cannabis (lo que se conoce popularmente como una pálida). Aunque no se ha descubierto el proceso fisiológico exacto que lo causa, las estadísticas confirman este punto. Beber alcohol antes de consumir marihuana puede causar este desvanecimiento acompañado de mareos, nauseas y vómitos.
Hablando de vómitos, Un estudio de la Universidad Northeastern apunta a un efecto colateral de la marihuana que puede resultar peligroso. El THC es un inhibidor del vómito. Puede parecer una ventaja, pero lo que hace es precisamente impedir que el organismo se deshaga del exceso de alcohol de forma natural cuando la persona está demasiado aturdida para juzgar si esta bebiendo demasiado. A la postre eso aumenta las posibilidades de sufrir un coma etílico.
El principal problema de juntar ambas sustancias es que la mayor parte de los efectos no se han estudiado y hay un altisimo grado de variabilidad según la persona que lo consume. En algunas personas, la combinación de alcohol y cannabis produce ataques de ansiedad, pánico o paranoia. Otros sufren fuertes ataques de mareos y náuseas. Otros... simplemente lo disfrutan.
Finalmente, hay toda una plétora de posibles efectos a largo plazo relacionados con la memoria. La ingesta excesiva de alcohol interfiere con los receptores del hipocampo que transmiten glutamato. Durante estas interferencias, el alcohol impide que estos receptores funcionen correctamente. El proceso hace que las neuronas creen esteroides que a su vez dificultan la comunicación neuronal. Esto afecta a lo que se conoce como potenciación a largo plazo, un proceso necesario para el aprendizaje y la memoria.
Esta es la causa de las famosas lagunas de memoria tras una borrachera monumental. Nuevos estudios apuntan a que la marihuana tiene tambiénefectos nocivos sobre la memoria a largo plazo. Mezclar ambas sustancias de manera regular quizá no sea la mejor idea para la integridad de nuestro cerebro. [vía Popular ScienceMedical Daily y ZME Science]
Blog sobre redes sociales y diseño web Ciencia Religión Tecnología Programación desde cero Noticias impactantes


La persona más longeva de la historia murió a la edad de 122 años, y de aquello hace ya 20 años. Un análisis reciente de los datos demográficos globales sugiere que esa podría ser la edad máxima alcanzable por los seres humanos, y que es muy poco probable que alguna vez alguien vaya a vivir mucho más allá. A menos que la ciencia avance lo suficiente para terminar con ese problema.
En un nuevo estudio publicado por la revista Nature, el genetista molecular Ene Vijg y su equipo de la Escuela de Medicina Albert Einstein del Bronx aseguran que la vida humana tiene un límite natural, y que probablemente nunca superaremos ese máximo. Es una conclusión sorprendente teniendo en cuenta los enormes logros médicos que hemos conseguido en los últimos 100 años, y el constante aumento de la esperanza de vida. Pero como señala este estudio, los beneficios producidos por estas intervenciones y todas las cosas que hacemos para permanecer vivos y saludables solo llegan hasta esa edad. Con el tiempo nuestros cuerpos, sin importar lo que hagamos, se desgastan y expiran.
Jeanne Calment (1875-1997) celebrando su 121 cumpleaños. Es la persona que más tiempo ha vivido en toda la historia.
Nadie ha vivido más que Jeanne Calment, que murió en 1997 a la edad de 122 años y 164 días. Dado que cada vez hay más personas que superan la barrera de los 100 años, y teniendo en cuenta los constantes aumentos en la esperanza de vida, los científicos pensaban que su récord de longevidad se rompería con relativa rapidez. No ha sucedido. Hay una gran diferencia, al parecer, entre la esperanza de vida —el tiempo promedio se espera que una persona viva dentro de una población— y la vida útil o esperanza de vida máxima, que describe la edad máxima alcanzada por un miembro de una especie en particular.
Vijg y sus colegas echaron un vistazo en The Human Mortality Database —una herramienta de investigación a disposición del público que proporciona estadísticas globales de mortalidad y de población a investigadores, estudiantes y otros interesados en la longevidad humana. Los investigadores descubrieron que los saltos en las tasas de supervivencia se estabilizaron en torno a 1980. Un análisis de seguimiento con los datos de la International Database on Longevity, que incluye estadísticas demográficas de países desarrollados como los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón, demostró que las personas que más han vivido no han conseguido superar la edad de Calment cuando murió en 1997. Los investigadores creen que esto revela un límite natural en la longevidad.
Los modelos desarrollados por estos investigadores demuestran que las posibilidades de cualquier persona que viva mucho más allá de ese límite son escasas. “Si suponemos que hay 10.000 mundos como el nuestro, solo un individuo llegará a 125 años de edad en un año determinado”, explica Vijg aGizmodo. “La probabilidad es de 1 entre 10.000, extremadamente remota”.
El sociólogo y gerontólogo S. Jay Olshansky de la Universidad de Chicago está de acuerdo con estos hallazgos. Cree que muchas personas tienen la falsa creencia de que siempre podremos fabricar más tiempo de supervivencia por medio de la tecnología médica.
Llegando al límite. La edad de la muerte de los supercentenarios. Imagen: Dong et al., 2016 / Nature
“Estos investigadores sugieren que vamos a obtener un rendimiento decreciente en nuestros esfuerzos [de vivir más] porque estamos llegando al límite”, explica Olshansky a Gizmodo. “Esto no quiere decir que el progreso ya no sea posible. Al contrario, todavía hay un montón de objetivos alcanzables para extender la vida, desde la reducción de factores de riesgo como el tabaquismo y la obesidad, hasta la reducción de las disparidades”. Sin embargo, cree que estas intervenciones no conseguirán grandes aumentos en la esperanza de vida.
A Olshansky no le sorprenden estos hallazgos, dice que es algo que él y sus colegas predijeron en 1990. Pero no está de acuerdo con el concepto de un “límite natural” para la esperanza de vida humana. Vijg y sus colegas sostienen que este límite aparente es un rasgo fijado por la genética que se desarrolló bajo la fuerza directa de la selección natural, y que la esperanza de vida limitada puede ser una adaptación evolutiva.
Esta idea polémica, denominada “envejecimiento programado,” sugiere que la esperanza de vida está genéticamente condicionada, y no es únicamente el resultado de un desgaste gradual. Está el ejemplo de las aves. Algunas especies viven durante dos o tres años, mientras que otras, como el albatros, pueden llegar a vivir hasta 50 años. La diferencia tiene que ver con la forma en que la esperanza de vida de ciertas especies está controlada genéticamente.
En un artículo de Nature News and Views, Olshansky escribe que eso es imposible:
Los programas genéticos que causan directamente el envejecimiento y la muerte no puede existir como un producto directo de la evolución, ya que el resultado final sería la muerte a una edad posterior a la que alcanzan normalmente casi todos los miembros de la especie. Una bomba de tiempo genética diseñada para matarnos a edades más avanzadas sería como si los fabricantes de automóviles construyeran un artefacto explosivo que se pusiera en marcha solo cuando el vehículo llegase a un millón de millas. Dado que la mayoría de los coches no llegan tan lejos, un dispositivo de este tipo sería inútil.
Olshansky cree que el “límite natural” puede ser superado, pero probablemente no con ninguna tecnología que tengamos disponible en la actualidad, ni siquiera mediante la cura de las principales enfermedades mortales. “Tendremos que descubrir algo fundamentalmente diferente que nos permita retrasar el proceso biológico del envejecimiento para conseguir romper esta barrera”, explica a Gizmodo. “Soy optimista y creo que esto va a suceder en nuestra era”.
Otra persona que se considera optimista sobre la extensión de la esperanza de vida máxima de los humanos es el biogerontólogo Aubrey de Grey, director científico de la Fundación de Investigación SENS, una organización dedicada a extender la esperanza de vida saludable.
Al preguntarle sobre cómo las intervenciones que prolongan la vida podrían alterar este límite aparente, de Grey dice que “van a arrasar con él”, y agrega que existe un límite “debido a la simple combinación matemática de tres cosas, todas ellas relacionadas con el hecho de que el envejecimiento es la acumulación de daño autoinfligido”.
Las tres cosas en cuestión son el grado de daño infligido que tiene lugar en el cuerpo mediante factores de la vida temprana como no fumar y una buena nutrición, la rapidez con que el daño aumenta a partir de entonces y cuánto daño puede soportar el cuerpo sin dejar de funcionar. La medicina moderna muestra pocas posibilidades de ser capaz de cambiar estas realidades, dice de Grey: cuanto más dañado está el cuerpo, menos capaz es de prevenir más daño.
“Pero la nueva medicina que tendremos en las próximas décadas, y en cuyo desarrollo compite la Fundación de Investigación SENS, romperá totalmente ese ciclo de retroalimentación”, explica a Gizmodo. “Se reparará el daño utilizando diversos tipos de medicina regenerativa, por lo que el daño continuado en el cuerpo ya no dará lugar a una acumulación acelerada de esos daños ni a las patologías que estos causan”.
Las terapias de reparación de daños que Grey espera desarrollar, además de todas las otras intervenciones médicas desconocidas que nos esperan en el futuro, amenazan con derrotar a la suposición de Vijg sobre un límite superior en la esperanza de vida humana. Los desarrollos futuros podría incluir unaimportante reelaboración de la genética humana empleando herramientas de edición del genoma como CRISPR, y la introducción de cromosomas artificialespara darnos nuevas formas de evitar enfermedades relacionadas con la edad. Los avances en la nanotecnología molecular, la cibernética y la medicina regenerativa podrían cambiar todavía más la biología humana.
Pero, siendo justos, este nuevo estudio de Nature es un análisis normativo que asume una especie de status quo en lo que respecta al estado de las tecnologías médicas. No obstante, de Grey y otros defensores de la extensión radical de la vida están en lo cierto, no existe un límite sobre cuánto tiempo pueden vivir los humanos en el futuro. De Grey predice que los seres humanos con el tiempo llegarán a una etapa de “senescencia insignificante”, es decir, un estado en el que el envejecimiento es tan lento que es imperceptible.
En este punto, Olshansky pisa el freno.
“Contrariamente a lo que afirman los futuristas acerca de que la extensión radical de la vida o la inmortalidad están a la vuelta de la esquina (una afirmación que han hecho durante la mayor parte de los últimos dos mil años los alquimistas y los charlantanes antienvejecimiento de hoy en día), es improbable que vayamos a vivir mucho más que la persona que más ha vivido”, dice.
Olshansky cree que es importante no quitarse de vista el objetivo de extender la esperanza de vida sana. Si tenemos éxito, el aumento resultante de la longevidad será una gran ventaja, pero solo si ese tiempo es saludable.
“Tenemos que reconocer que existen límites, pero esto de ninguna manera debería impedirnos desarrollar nuevas formas de hacer una vida más saludable”, dice. “Teniendo en cuenta que la vida sana es uno de los bienes más preciados de la Tierra, es difícil pensar que vamos a dejar de intentarlo, y nadie está sugiriendo que eso vaya a ocurrir”.
De hecho, los autores del nuevo estudio dicen que su investigación pone de relieve la necesidad de que los científicos desarrollen “intervenciones que vayan más allá de mejorar el periodo de salud”, y añaden que “no hay ninguna razón científica por la que dichos esfuerzos no vayan a tener éxito.” [Nature]
Blog sobre redes sociales y diseño web Ciencia Religión Tecnología Programación desde cero Noticias impactantes
Eran las 12 en punto del mediodía cuando el psicólogo de la Universidad de California George Stratton pone a prueba su cerebro con una tarea a la que nadie se había enfrentado antes. Si alguien entraba en ese momento en la sala que se encontraba el hombre, vería al profesor con una extraña máscara que le cubría toda la cara. Un dispositivo que comprendía un molde de yeso acolchado en la zona alrededor de los ojos. El hombre ajusta el artilugio. Su ojo izquierdo estaba cubierto con una fina hoja en blanco de yeso. Las lentes que cubrían el ojo derecho volvieron el mundo de Stratton al revés. Lo que antes se encontraba en la parte superior de su campo de visión, ahora estaba en la parte inferior y viceversa. Su objetivo: permanecer así 7 días con el fin de observar de qué forma su cerebro hacía frente a la nueva perspectiva sobre el mundo.
Era el año 1896 y el profesor tenía 31 años. El experimento de Stratton tenía la intención de resolver un rompecabezas histórico, un puzzle que la humanidad se había cuestionado durante siglos. De hecho, volviendo atrás en el tiempo, en 1603 tenemos el trabajo del astrónomo Johannes Kepler, quién había descrito cómo se forma una imagen en la retina humana. El astrónomo fue el primero en describir conceptos como las imágenes reales, verticales, invertidas o el aumento.
El hombre identificó en su estudio sobre la refracción de la luz que la imagen visual se formaba en la retina de manera inversa. No sólo eso, también formuló la teoría que demostraba que la intensidad de la luz disminuye proporcionalmente con el cuadrado de la distancia.
A Kepler lo trataron por loco en su época y no fue hasta unos años más tarde que pudieron confirmar su teoría. Por tanto, la imagen que incide sobre la retina muestra nuestro mundo patas arriba. ¿Cómo puede ser posible entonces que veamos el mundo en la posición “correcta”?
Imagen: Svetlana Llina / Shutterstock
La realidad es que, aunque es natural hacerse esta pregunta, también es completamente inútil. No existe un persona diminuta en nuestro cerebro que es capaz de ver la imagen invertida en una pantalla y darse cuenta de que es al revés. Y es que la red de células cerebrales que procesan las señales que vienen desde el ojo no son capaces de reconocer ningún concepto tipo “arriba” o “abajo”. El cerebro simplemente se forma una impresión unificada a partir imágenes, sonidos y sensaciones, y lo hace con el único fin de asegurar, por ejemplo, que seamos capaces de sentir que nuestro pie está la posición en la que lo vemos y viceversa.
Sin embargo, de aquí suele surgir una segunda cuestión: ¿es la imagen invertida en la retina una condición necesaria para que seamos capaces de ver las cosas en una posición vertical? ¿O el cerebro podría también acostumbrarse a una orientación diferente?
Y es justo ante estas cuestiones cuando llega el señor Stratton a intentar descifrarlo.

El mundo al revés según Stratton

Imagen: George Stratton. Wikimedia Commons
Al comienzo del experimento, Stratton experimentó una ligera sensación de náuseas. Para ponernos en perspectiva, el hombre tenía una especie de gafas que le hacían invertir la realidad, y lo hacían de izquierda a derecha, de arriba a abajo, un auténtico caos.
Como registró en su trabajo, cada vez que volvía la cabeza todo a su alrededor parecía estar nadando. La perspectiva debía de ser una experiencia de lo más psicodélica, cuando el hombre se movía en ese “nuevo” mundo y se acordaba de un objeto que acababa de ver al revés, su cerebro lo volvía inmediatamente de la manera “correcta”. Otro ejemplo: si el hombre estiraba la mano para coger algo, invariablemente movía la mano equivocada.
Así fue como el profesor pasó a hacer notas. Lo hacía sin mirar hacia abajo en el papel, ya que la forma a la que estaba acostumbrado a ver las cosas habrían hecho del intento de escribir una tarea imposible. Y sin embargo y de manera sorprendente, cuanto más tiempo pasaba y el experimento se extendía, su cerebro se iba acostumbrando a las nuevas circunstancias. Cuando llegó el quinto día, Stratton había recuperado la capacidad de caminar por la casa sin tener que sentir o percibir en su camino todo lo que había alrededor.
Imagen: versión moderna de las gafas del profesor. Wikimedia Commons
El proceso de reajuste fue lento. El cerebro de Stratton estaba tratando constantemente de crear un todo lógico de las propias señales contradictorias procedentes de sus ojos, oídos e incluso de la piel. Cuando caminaba y miraba hacia abajo, ya no veía sus piernas, cuando giraba a su “antigua” dirección izquierda, lo hacía a la derecha, de esta forma tuvo que “reconstruir” la percepción de su nueva visión.
Otro caso tremendamente inusual que registró tenía que ver con los sonidos. Ahora el sentido de la vista siempre iba por delante de lo que oía, de los sonidos. En comparación con su antigua forma de percepción, sus pasos parecían venir desde la dirección opuesta. Únicamente las partes de su cuerpo que no podía ver en el limitado campo de visión que le ofrecían sus gafas invertidas se resistieron a este proceso de reversión.
A la hora de comer, su nuevo sentido de la vista le decía que estaba moviendo el tenedor hasta un punto por encima de su ojo. La ilusión de que allí era donde ahora se encontraba la boca fue disipada inmediatamente por la comida que tocaban sus labios. Como registró, alguna vez logró la hazaña cubista de sentir que su frente estaba por debajo de los ojos, e incluso por un instante, con la boca justamente en la frente.
Imagen: Javen / Shutterstock
Hay algunos libros sobre el trabajo de Stratton que exponen que el profesor, hacia el final del experimento, llegó a tener largos períodos de tiempo en los que fue capaz de percibir el mundo de la manera correcta otra vez. De hecho, él era capaz de evocar una imagen de un mundo en posición vertical (no invertida) únicamente mediante la concentración extrema, e incluso así, apareció fugazmente.
Sin embargo, después de más de 80 horas con las gafas (cuando llegaba la noche se ponía una venda en los ojos), el profesor llegó a la conclusión de que “la imagen invertida en la retina no es esencial para la visión vertical”. En otras palabras, cuando se enfrenta a una imagen sesgada, el cerebro era capaz de restaurar la armonía entre lo que una persona percibe y lo que siente.
Esta armonización de los sentidos era la clave para Stratton y lo que podemos entender por visión vertical. Un objeto que percibimos no puede en sí mismo estar en posición vertical o invertida, únicamente puede estar así en relación a lo que los otros sentidos nos dictan o dicen. El hecho de que el mundo de Stratton, incluso al final del experimento, siguiera siendo todo al revés, no tenía que ver con que su cerebro no hubiera llegado a un acuerdo con su nueva percepción, sino más bien con el hecho de que todavía podía recordar lo que le parecía el mundo anteriormente.
Finalmente, cuando el profesor se quitó las gafas de inversión, todo lo que veía le parecía ajeno. Volvía a estar en la “realidad” del resto de los mortales, pero hacía uso de la mano equivocada para llegar a las cosas o se agachaba cuando debería haberse estirado a por algo. Este estado no duró mucho. Al día siguiente la percepción había vuelto a la normalidad.
El experimento de Stratton se repitió (él mismo lo hizo con alumnos) y se ha ampliado con el tiempo. Por ejemplo, con sujetos que usaban espejos que se desviaban en su visión de tal manera que ellos sentían que tenían los ojos en la parte posterior de la cabeza. Y los resultados fueron básicamente los mismos. Parece imposible (y jamás lo intenten), pero nuestro cerebro tiene una versatilidad tan fascinante que podría adaptarse hasta tal punto, que un sujeto con unas gafas de este tipo podría llegar a ir de escalada a una montaña o a montar en bicicleta en hora punta en una gran ciudad.
Blog sobre redes sociales y diseño web Ciencia Religión Tecnología Programación desde cero Noticias impactantes


El tiburón de Groenlandia, con una esperanza de vida de 400 años, es oficialmente el vertebrado más longevo del mundo. No se trata de una especie desconocida, pero los científicos han descubierto ahora la extraordinaria edad de algunos especímenes —y creen que pueden tener la clave para retrasar el envejecimiento.
La hembra del Somniosus microcephalus no tiene depredadores naturales y llega a superar los 5 metros de longitud, lo que la convierte en el pez más grande del océano Ártico. Se sabe que crece a un ritmo muy lento, de apenas un centímetro por año, así que algunos científicos ya sospechaban que rondaría los dos siglos de edad. A falta de tejido calcificado para realizar una estimación convencional de su longevidad, un grupo de investigadores de la Universidad de Copenhague recurrió a la datación por radiocarbono de las células de sus ojos.
La investigación se desarrolló entre 2010 y 2013. Los científicos extrajeron los ojos de 28 tiburones hembra que habían sido pescados de forma accidental. Primero buscaron, como referencia, las marcas de la Guerra Fría: partículas radiactivas que habían sido depositadas en el océano con las detonaciones de la bomba atómica durante los años 50. A continuación realizaron la prueba del carbono-14 sobre unas proteínas que se encuentran en el cristalino del ojo y se forman en el útero materno.
Los resultados, publicados por la revista Science, revelan que el tiburón de Groenlandia es el animal vertebrado más longevo del planeta y que vive al menos 272 años. La hembra más grande del grupo había nacido 392 años atrás, por lo que era de la época de Velázquez o Cervantes y tenía la misma edad que la Basílica de San Pedro del Vaticano cuando fue capturada por los pescadores. “Es la primera vez que una prueba de edad da un rango de 240 años y se considera un éxito”, bromea Julius Nielsen, biólogo marino y autor principal del estudio.
Un tiburón de Groenlandia en la isla Disko. Imagen: Julius Nielsen
Se sabía muy poco sobre el tiburón de Groenlandia porque es una especie esquiva (vive a más de 2.000 metros de profundidad) que carece de un particular interés económico (su carne es venenosa, debido a las altas concentraciones de óxido de trimetilamina). Pero con este estudio, los científicos han podido calcular entre otras cosas la edad a la que llega a la pubertad, su ventana de reproducción y la tasa de supervivencia de sus crías. El animal no alcanza su madurez sexual hasta los 150 años, por lo que debe protegerse de la pesca para evitar que entre en peligro de extinción.
Entender cómo viven tantos años sin desarrollar un cáncer u otras enfermedades puede darnos la clave para retrasar el envejecimiento, pero el secreto podría no ser extrapolable a los seres humanos. El tiburón de Groenlandia es un animal de sangre fría que tiene pocas crías y lleva una vida lenta. También vive en el océano Ártico, donde las temperaturas son tan bajas que el metabolismo y la actividad celular de los tejidos es mucho menor. En las mismas aguas gélidas vivió Ming, una almeja de Islandia que contaba con 507 años cuando murió y que sigue siendo el animal más longevo conocido. [Science]