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La píldora, implantes, el anillo, los parches, el preservativo… Adán y Eva hoy pueden ser una pareja cuya vida se amolda a sus necesidades. Ellos pueden elegir si quieren o no tener hijos y disfrutar del sexo sin miedo a una sorpresa no deseada. Pero no siempre fue así de fácil. Mientras que los avances en la medicina y la ciencia nos han permitido perfeccionar los métodos anticonceptivos actuales, en el pasado, hace mucho tiempo, aquello era una historia diferente. ¿Cómo demonios lo hacían? Ellos tuvieron una planta mágica que nosotros ya no podemos disfrutar.
Si damos por válido que el método anticonceptivo es aquel dispositivo, acto o medicación para impedir una concepción o un embarazo viable, es decir, con vista al control de la natalidad; dicha definición difiere respecto al pensamiento de la época antigua, o como mínimo y debido a los conocimientos de cada época, las “modas” iban por otros derroteros.
Inicios del control de la natalidad
Es muy posible que lo que hoy conocemos como métodos anticonceptivos para el control de la natalidad sea de hace relativamente poco tiempo. El movimiento como tal data de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. De finales del siglo XIX podemos rescatar lo que se denominó como la Liga Malthusiana en el Reino Unido. Basado en las ideas de Thomas Malthus se buscaba educar a la población sobre las virtudes e importancia de la planificación familiar. Una época, no hace tanto, donde el simple hecho de desarrollar cualquier método de control de la natalidad eran motivo de juicios y cárcel.
Pero este momento de la historia fue probablemente el comienzo del pensamiento moderno. Quizá sea más interesante rebobinar y regresar mucho más atrás en el tiempo, en vez de siglos, miles de años. Para ser exactos, en el 1550 a.C y en el 1850 a.C, momentos de la historia donde surgen el papiro de Ebers y el papiro de Kahun respectivamente. Ambos y según los historiadores, las primeras descripciones documentadas que tenemos sobre algún de tipo de idea de control de la natalidad.
De acuerdo a los papiros los habitantes de aquella época hacían uso de hojas, miel o incluso pelusas de acacia, sustancias todas que se disponían sobre la vagina con el fin de bloquear el acceso al semen. Si hablamos de la primera referencia histórica, la más antigua donde el ser humano representó algo parecido a un condón o preservativo habría que acudir a unas pinturasencontradas en una cueva de Francia que se estiman de hace 12 mil y 15 mil años, aunque para hacer honor a la verdad, dichas pinturas no dejan del todo claro si aquello era un preservativo o cualquier otra herramienta de dudosos fines.
Y si hablamos del primer método anticonceptivo de éxito y uso masivo, sin duda tenemos que acudir a la primera planta que ofrecía el control de la natalidad de sus habitantes. Es difícil saber la fecha exacta, pero en la Antigua Grecia, el silfio fue el anticonceptivo común. Y no uno cualquiera, su eficacia fue tan impresionante y paradójica que acabó por extinguirse.
Esta fue historia.

Cómo matar una planta por sexo, lujuria y avaricia

Quizá no te suene pero el silfio (laserpicio en latín), fue una planta cuya vida en la antigüedad en el Mediterráneo tuvo un éxito sin precedentes debido a sus propiedades con fines médicos o incluso como condimento gastronómico. Su historia la conocemos a través de la documentación antigua y fue tal su importancia que tanto en la escritura egipcia como la minoica tenían ideogramas específicos para denominar a la planta.
La historia cuenta que hasta la isla griega de Thera, hace más de 2.500 años, llegó una plaga de sequía y superpoblación en los habitantes. La leyenda cuenta también que una serie de colonos fueron seleccionados para navegar hacia el sur en busca de un nuevo hogar con un clima más hospitalario. Así fue como llegaron y se establecieron en el Norte de África, en la ciudad de Cirene. Un lugar donde los colonos encontraron una hierba local sin igual, una planta con muchos secretos.
Aquello fue una revolución. La planta se convirtió en muy poco tiempo en un pilar tan importante para la economía de los habitantes que en las propias monedas de oro y plata de la ciudad se estampó una imagen de su figura. Dichas imágenes representaban con frecuencia a una mujer sentada en una silla, con una mano tocando la planta y la otra la vagina. La planta se trataba del silfio y su fruto trajo al mundo antiguo una codiciada libertad sexual: ahora podían disfrutar de él con muy poco riesgo de embarazos.
Ni qué decir tiene que maravilló al mundo entero. Las hierbas se propagaron a través de las rutas en la antigua Europa, África y Asia, mercados donde la planta se desarrolló rápidamente. Las semillas comenzaron a ser utilizadas ampliamente entre las naciones más ricas, los ciudadanos de la antigua Grecia, Roma, Egipto, la India… Y al mismo tiempo, comenzó a correrse el boca a boca de que no sólo era un potente anticonceptivo, sino que además funcionaba como afrodisíaco.
Dicho de otra forma, la planta en sí permitía mantener un control de la natalidad mientras ofrecía propiedades sexuales inauditas para los amantes. Sin duda, aquello era un tesoro. Un tesoro que tenía un problema: la planta sólo crecía a lo largo de la costa del mar Mediterráneo. Por ello se intentó controlar su sobreexplotación y la realeza de Cirene mantuvo como pudo el monopolio sobre el silfio.
Cirene se nutrió de su abundancia durante siglos. De la misma se extraía ellaser (siempre recolectada en estado salvaje, no se podía cultivar), algo así como la resina aromática que exudaba la planta. Este se extraía tanto de la raíz como del tallo, recibiendo estos jugos los nombres de caulias y rizias. Luego el fluido se vertía en un recipiente sobre una capa de salvado y se dejaba madurar agitándolo de vez en cuando para evitar su putrefacción. Si cambiaba de color y desaparecía la humedad se sabía que había madurado.
A partir de aquí sus usos fueron múltiples. Ya decíamos que se utilizó comocondimento para recetas de comida y obviamente como anticonceptivo y afrodisíaco, pero también fue utilizado por sus propiedades medicinales y curativas. Según los escritos, el silfio se usó para el dolor de garganta, la fiebre, tos, indigestión o incluso para las verrugas.
Las semillas de la planta entraron en una demanda tan alta que su precio comenzó a crecer. La imagen del silfio pasó a estar estampada en la mayoría de monedas primitivas de oro y plata, algunas con tan sólo la semilla en forma de corazón. Y es que la planta, a diferencia de otros medicamentos de su tiempo, no fue pensada como un simple remedio popular. Los académicos y médicos de la época elogiaron abiertamente su eficacia como anticonceptivo. De hecho, incluso se llegaron a crear manuales de instrucciones de uso donde la mujer debía beber el jugo de la planta con agua una vez al mes, de esta forma no sólo impedía la concepción, también era capaz de destruir todo lo existente, es decir, propiedades de aborto.
¿Funcionaba de verdad la planta milagrosa?
En su apogeo la tasa de natalidad en Roma disminuyó considerablemente a pesar de aumentar la esperanza de vida, la comida abundante o la ausencia de guerras o epidemias. Quizá este sea el dato por el que muchos historiadores dotan a la planta de su eficacia.
Sin embargo, hoy resulta imposible determinar si el silfio era realmente un método efectivo en ninguna de sus supuestas propiedades. Hacia el 50 d.C. el silfio había desaparecido de Cirene. La única planta que fue hallada en esta época fue enviada al emperador Nerón como obsequio. En cuanto a las causas de su extinción, no están del todo claras, aunque se apunta a la sobreexplotación y los cambios climáticos que se fueron dando en el norte de África, cada vez más árido y desértico.
Sea como fuere, con su extinción se perdió una planta de leyenda que permite fantasear con la forma en la que hubiera cambiado la vida de haber resistido a los tiempos y a la avaricia del hombre. Los historiadores no pierden la oportunidad de considerar su final como una de las grandes equivocaciones ambientales tempranas en la historia de la humanidad.
Cuesta creer con los datos que tenemos hoy y con lo complicado que es todo lo relacionado con la planificación familiar y las hormonas, que una simple planta tuviera tales poderes. Tampoco podemos decir que no tuviera ciertos efectos, y de tenerlos, probablemente serían limitados (pero sí efectivos) y ni mucho menos seguros.
Aunque sólo se nos permita elucubrar, lo que sí podemos es fantasear con que hubo un tiempo donde la madre naturaleza permitió a la mujer gobernar su vida reproductiva con un control casi absoluto sin recurrir a la abstinencia. Un control natural que favorecía también el desenfreno sexual. Control que, paradójicamente, se perdió precisamente por esa irrefrenable búsqueda de sexo.
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Hace 71 años se llevaron a cabo las únicas dos detonaciones de bombas atómicas con fines bélicos hasta la fecha, durante la Segunda Guerra Mundial. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki marcaron historia, pero desde entonces la tecnología en materia nuclear ha avanzado mucho. Esta imagen ofrece en escala la devastadora potencia de las bombas atómicas de hoy en día.
Las bombas de Hiroshima y Nagasaki acabaron con gran parte del territorio en donde fueron lanzadas por los Estados Unidos y durante décadas esas regiones sufrieron las consecuencias de la radiación. Eso, con un potencial de apenas 15 kilotones y 21 kilotones respectivamente.
Pero los responsables del canal de YouTube RealLifeLore han creado una imagen para entender en perspectiva la increíble potencia de las bombas nucleares de hoy en día y el daño que ocasionarían si fueran detonadas con fines bélicos.
La imagen infográfica incluye solamente algunas de las bombas atómicas más potentes en la actualidad:
Hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki comparados con las bombas atómicas modernas. Para referencia el tamaño del Monte Everest y la altura promedio de un vuelo comercial. Imagen: RealLifeLore (YouTube).
Como referencia la imagen toma en cuenta el tamaño de la nube de hongo (u hongo nuclear) que ocasionan esas bombas al detonar. Los hongos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, con toda la destrucción que ocasionaron, no alcanzan los 10.000 metros de altura, mientras que las bombas norteamericanas B83 y Castle Bravo generan nubes de hongo de más de 20.000 y 30.000 metros de altura respectivamente.
Pero la joya de la corona actualmente es la “Bomba del Zar” rusa, con su hongo nuclear de más de 40.000 metros de altura.

El potencial de estas bombas atómicas, en números:

  • Hiroshima: 15 kilotones
  • Nagasaki: 21 kilotones
  • B83: 1.2 Megatones (1.000 kilotones)
  • Castle Bravo: 15 Megatones (15.000 kilotones, o 1.000 veces el potencial de Hiroshima)
  • Bomba del Zar: 50 Megatones (50.000 kilotones o unas 3.333 veces el potencial de Hiroshima)
Actualmente el 92% de las bombas atómicas están bajo el control de solo dos países: Estados Unidos (que posee 6.970 unidades) y Rusia (que posee 7.300 unidades). Esta última a su vez tiene en sus planes el desarrollo de una bomba atómica con el doble del potencial de la Bomba del Zar, alcanzando los 100 Megatones.
La Bomba del Zar fue responsable de la mayor explosión ocasionada por el ser humano hasta la fecha. Su detonación fue a unos 4 kilómetros al norte de Nueva Zembla, un archipiélago ruso, pero tuvo tanto poder que la onda de choque rompió vidrios a más de 900 kilómetros de distancia.
Existen más de 15.600 bombas atómicas en el mundo hoy en día, e Hiroshima se queda muy corta en potencial si la comparamos con los dispositivos nucleares modernos. [vía RealLifeLore (YouTube)]
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Sentado frente al hombre que todos temían, en 1809 se produjo una batalla que resultaría inaudita para la época. Mucho antes de que el hombre soñara con conceptos como la IA y de que las máquinas amenazaran con cambiar la vida del ser humano, un autómata se enfrentó al mismísimo Napoléon Bonaparte en una partida de ajedrez. Y la máquina ganó al histórico personaje. Al igual que lo hizo con Benjamin Franklin. Esta fue su increíble historia.
Se llamaba El Turco y ocurrió hace varios siglos, en una época donde los autómatas estaban “de moda”. Su relato, su verdadero relato, es tan fascinante que quedó registrado para los anales de la historia. Y es que El Turco, como pueden imaginar, no era realmente El Turco.

Presentando la leyenda: los primeros autómatas

Imagen: Autorretrato de Kempelen. Wikimedia Commons
A comienzos de la década de 1770 surge el nombre de un inventor y escritor húngaro, Wolfgang von Kempelen. El hombre fue consejero de la corte de Viena, aunque también era reconocido por sus grandes dotes como excelente ajedrecista. De hecho, el mismo Kempelen se vanagloriaba de jugar a menudo con la emperatriz de Austria María Teresa.
Kempelen era originario de Bratislava (antes Reino de Hungría, hoy Eslovaquia). Había nacido en el seno de una familia noble católica húngara cuyo padre fue consejero de la Cámara Imperial. Kempele se hizo famoso con una serie de inventos anteriores, así que cuando se corrió la voz de que había construido a un autómata que podía ganar a cualquier humano al ajedrez, la noticia creó una gran expectación.
La puesta de largo del Turco tuvo lugar en Viena, en la corte de la emperatriz María Teresa. En una sala expectante Von Kempelen comenzó su demostración del funcionamiento del autómata. Primero mediante la apertura de las puertas y los cajones de un pequeño armario donde se apreciaba al final la luz de una vela. En su interior había todo un engranaje y maquinaria parecidas a las de un reloj. Desde luego, parecía una máquina de lo más compleja. Posteriormente Kempelen cerró el armario, cogió una pieza de ajedrez y la movió a otra casilla.
Imagen: el Turco. Wikimedia Commons
El juego comenzó con el Turco moviendo la cabeza de un lado a otro para inspeccionar el tablero, por tanto daba la sensación de que estaba decidiendo cual sería su primer movimiento. Luego movió su brazo izquierdo, extendió los dedos y cogió una pieza de ajedrez para moverla a otra casilla.
Lo cierto es que por aquellas fechas lo que estaban viendo en la sala real era relativamente estándar. Los autómatas, máquinas que imitaban la figura y los movimientos de un ser animado (equivalentes tecnológicos en la actualidad al concepto de robots autónomos), se habían desarrollado muchos siglos atrás. Históricamente los primeros autómatas se remontaban a la Prehistoria, pasando por la Grecia clásica (estatuas con movimiento gracias a las energías hidráulicas), Edad Media y, sobre todo, en el S.XVIII, con la llamada época de esplendor.
Imagen: El “pato” de Vaucanson
La razón principal se debe a los avances en materia de relojería. Además se añade que los trabajos adquieren un componente de carácter científico donde se ponía de relieve la obsesión por intentar reproducir lo más fielmente posible los movimientos (y comportamientos) de los seres vivos. Así llegaron personajes como Jacques de Vaucanson, un magnífico relojero que además tenía conocimientos de música, anatomía y mecánica. El resultado: su famoso pato con aparato digestivo, más de 400 piezas móviles con las que el autómata era capaz de batir las alas, comer, y lo más importante, realizar la digestión imitando con todo detalle el comportamiento del ave. Evidentemente era un engaño y su mecanismo no “comía” lo mismo que “defecaba”, pero el truco era realmente increíble y fue la primera gran pieza de autómata, la más lograda.
Tras Vacanson llegaría Friedrich von Knauss, el creador de uno de los primeros autómatas escritores y sin ninguna duda la lanzadera para el trabajo del granPierre Jaquet-Droz, posiblemente el mejor y más conocido creador de autómatas de la historia. Tres serían sus trabajos más famosos: La pianista, El dibujante y El escritor, siendo el último el más difícil, compuesto por más de 6 mil piezas y con la capacidad de escribir utilizando pluma gracias a una rueda donde se seleccionaban los caracteres uno a uno, de manera que se podían escribir pequeños textos a razón de 40 palabras de longitud.
Imagen: los autómatas de Pierre Jaquet-Droz. Wikimedia Commons
Existieron muchos más en el gran siglo de los autómatas pero los descritos valen como perfectos ejemplos anteriores a la aparición del Turco. Los autómatas, tanto en forma de animales mecánicos como humanoides de lo más expresivos, deleitaban a realeza y plebeyos, y El Turco, por su repercusión, iba a tener un lugar especial en la historia.

El Turco contra el mundo

Imagen: el Turco desde otra perspectiva. Wikimedia Commons
Si lo comparamos con muchas de las máquinas magistrales descritas anteriormente, la obra de Kempelen, con una especie de maniquí con turbante sentado frente a un escritorio y con un rostro inexpresivo de madera tallada y movimientos espasmódicos en sus extremidades (brazos), era un producto inferior. Pero lo importante en la pieza era su capacidad para jugar al ajedrez. El Turco era bueno, muy bueno. Tanto, que hasta aquella fecha jamás se había pensado que una máquina pudiera ser capaz de “pensar” y ganar a un humano.
El Turco no era únicamente un experto en la ejecución de una tarea repetitiva, el autómata respondía con habilidad al comportamiento impredecible de los seres humanos. Dicho de otra forma, lo increíble e inaudito en la pieza era que parecía estar funcionando de manera autónoma, guiado por su propio sentido de la racionalidad (y la razón). Si el oponente humano trataba de engañarle, tal y como lo hizo el mismísimo Napoleón en su momento, el Turco era capaz de regañar y mover la pieza de ajedrez a su posición original anterior. No sólo eso, en el caso de que se repitiera el intento de engaño, el Turco deslizaba su brazo sobre el tablero esparciendo las fichas por el suelo en señal de desaprobación.
Obviamente detrás del autómata había “truco”, pero la naturaleza del engaño fue tan increíble que durante décadas nadie supo descifrarlo. Tras esa primera demostración en 1770, la cual sorprendió a María Teresa y sus asistentes, Kempelen dejaría por un tiempo al autómata. No sería hasta la muerte de la misma María Teresa cuando se volvió saber de él. El hijo de esta y sucesor al trono, el emperador José II, recordó la pieza que tanto había entusiasmado a su madre y preguntó por él a Kempelen.
Imagen: reconstrucción del Turco de la década de los 80. Wikimedia Commons
Así fue como a partir de 1783 el hombre comienza una gira con el Turco, untour por recomendación de José II. En París fue una sensación y los espectadores no daban crédito a lo que estaban viendo. Todo aquel que desafiaba al autómata a una partida acababa perdiendo. Fue una época de grandes encuentros, como la histórica partida que enfrentó a la máquina conBenjamin Franklin, quien como Napoleón, intentó un movimiento ilegal, ante el que nuestro autómata se mostró “enfadado” y respondió tirando las piezas del ajedrez.
La gira llevó a Kempelen y el Turco por Inglaterra y Alemania durante el año siguiente. Allí fue cuando la gente comenzó a especular sobre el funcionamiento y naturaleza de la máquina. Algunos, como el autor británicoPhilip Thicknesse, llegaron a indignarse ante la idea de que el Turco fuera una creación puramente mecánica cuyo juego estaba libre de la influencia humana. El hombre llegó a decir que:
Un autómata pueda mover las piezas de ajedrez correctamente como consecuencia del movimiento anterior de un desconocido es completamente imposible.
Thicknesse, como muchos contemporáneos, jamás pensó que Kempelen lo estaba dirigiendo desde la distancia a través de imanes potentes y cuerdas o quizá con una especie de control remoto. Como otros pensadores se negaba a lo que veía con un enfoque cercano a la navaja de Ockham (la explicación más sencilla suele ser la más probable) y por tanto pensaba que “probablemente había un niño de 10 años oculto bajo la maquinaria”... a lo que habría que añadir que un superdotado para el ajedrez.
Imagen: Anuncio de exhibición de 1818. Wikimedia Commons
La idea de Thicknesse, la de un joven escondido en el interior de la máquina, fue la que más se reprodujo durante aquellos años. A veces la teoría variaba con el tamaño del menor o con el posicionamiento del mismo en el interior del autómata. Pero lo cierto también es que todas estas teorías volvían a ser rebatidas por Kempelen, abriendo una vez más el pequeño armario y exponiendo el interior, con los cajones y el brillo de una vela al fondo donde se podía observar el engranaje, demostrando así la imposibilidad de un ser humano en el interior.
A su capacidad para ganar al ajedrez había que sumarle dos desafíos que Kempelen añadió en la gira. Por un lado el autómata era capaz de resolver el llamado Problema del Caballo. Se trataba de un antiguo problema matemático donde se pide que, teniendo un tablero con X número de casillas y un caballo de ajedrez, y colocando este último en una posición cualquiera aleatoria, el caballo debía pasar por todas las casillas de una sola vez. El Turco lo resolvía de una vez con suma facilidad.
Imagen: problema del Caballo. Wikimedia Commons
El segundo desafío era la capacidad del autómata para responder a las preguntas de los espectadores a través de un tablero con letras. Increíble, más aún teniendo en cuenta que la máquina podía hacerlo en varios idiomas.
Años después, en 1804, el creador del autómata fallece. Kempelen moría con 70 años de edad y el Turco pasa a tener varios dueños. Se trata de una etapa donde la máquina pasará por varias manos hasta llegar a Johann Mäzel, un mecánico e inventor alemán que guardaría el secreto detrás del Turco.
Con Maezel llegó la famosa partida de ajedrez (vídeo de arriba) que enfrentó al autómata con el más grande de los estrategas en el campo de batalla, Napoleón Bonaparte. Ocurrió en el año 1809, durante la campaña de la batalla de Wagram. Napoleón jugaba con blancas y cedió ante la destreza de la máquina, no sin antes intentar algún movimiento ilegal que el autómata le reprochó.
Maezel se llevó la máquina de gira por Estados Unidos, otro éxito rotundo que se extendería una década. De Estados Unidos viajó a Cuba, momento en el que fallece el secretario de Maezel y se suspende repentinamente la gira. ¿Sería el secretario, un maestro reconocido del ajedrez, el hombre que manejaba al autómata? Lo cierto es que tras suspender la gira Maezel se perdió en el mapa de la isla. Pasados unos meses fue encontrado muerto en el interior de su camarote de regreso a Estados Unidos.
Sin embargo, el secreto del Turco se mantuvo hasta sus últimos días. De Maezel pasó a ser propiedad de un amigo, este a su vez acabó vendiéndolo para acabar en el Museo de Peale. El 5 de julio de 1854, 85 años después de su creación, el Turco acabó destruido tras un gran incendio.
Sólo así se supo la verdad. Tras el incendio y después de décadas de asombrar al mundo, el hijo del amigo de Maezel que lo heredó tras su muerte acabó revelando el secreto mejor guardado. Una publicación en la revista de ajedrezThe Chess Monthly en 1857 ponía fin al misterio.
Imagen: mecanismo del autómata. Wikimedia Commons
Como se habrán imaginado, la verdad era más simple que muchas de las elucubraciones que se hicieron. El Turco era una ilusión mecánica que funcionaba a través de un operador encubierto, una persona que controlaba cada movimiento desde un compartimento en el interior de la mesa. Esa persona tiraba de las palancas para “mover” el brazo del autómata mientras hacía un seguimiento de las jugadas. Cuando Kempelen o alguno de los dueños por los que pasó el autómata abría la parte delantera a la vista del público, ninguno de los cajones o compartimentos llegaban hasta la parte posterior. Ese hueco que quedaba era precisamente donde se encontraba un tablero de ajedrez secundario que el operador usaba para seguir el juego. El fondo del tablero principal tenía un resorte y cada pieza tenía un imán, lo que permitía al operador saber qué pieza se había movido y dónde.
Imagen: el “truco” del Turco. Wikimedia Commons
La fama del autómata originó numerosas réplicas con el mismo truco o ligeras variaciones. Sin duda de las mejores, si no la mejor, fue El Ajedrecista del inventor español Leonardo Torres Quevedo. La obra de Quevedo es considerada por muchos como el primer juego por computadora de la historia, pero su relato merece un apartado aparte.
En cuanto al Turco, aunque la máquina se basaba en última instancia en el comportamiento de un humano (junto a un poco de “magia” de la época), su mecánica tan convincente fue motivo de asombro y preocupación. Fue la primera vez en la historia que el hombre se dio cuenta de las implicaciones que podrían tener las máquinas. En los albores de la llamada Primera Revolución Industrial, el autómata planteó preguntas tan inquietantes como la naturaleza de la automatización o la posibilidad de crear máquinas capaces de pensar.
No sólo eso, el Turco acabó planteando la más inquietante y perturbadora de las cuestiones, una que aún hoy nos hacemos sin saber la respuesta: la posibilidad de las máquinas pudieran ser capaces un día de sustituir el intelecto humano.